Prosa Siglos de Oro

El Lazarillo. Fragmentos esenciales.

El Lazarillo.

Tratado primero.

Inicio

Pues sepa, Vuestra Merced, ante todas las cosas, que a mí me llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, y por esa razón tomé este sobrenombre[1]; y fue de la siguiente manera: mi padre, que Dios perdone, tenía a su cargo atender al molino de una aceña[2] que está en la ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años.; y estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, le llegó el parto y me parió allí. De manera que con verdad puedo decir que nací en el río.

Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron[3] a mi padre haberse quedado con granos o semillas de los que venían a moler allí, por lo cual fue preso, y confesó y no negó, y padeció persecución por la justicia. Espero por Dios que esté en la gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta batalla contra los moros, entre los cuales estaba mi padre (que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho), con cargo de acemilero[4] de un caballero que fue allá; y con su señor, como leal criado, feneció su vida.

Mi viuda madre, como se vio sin marido y sin abrigo, determinó acercarse a los buenos para ser uno de ellos, y se vino a vivir a la ciudad y alquiló una casilla y se puso a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del comendador[5] de la Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas[6].

Ella y un hombre moreno[7] de aquellos que cuidaban de las bestias se conocieron. Este algunas veces venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces, de día venía a la puerta con la excusa de comprar huevos, y entraba en casa. Yo, las primeras veces que venía, me causaba pena, dolor y le tenía miedo, viendo el color y el mal gesto que tenía; pero en cuanto vi que con su visita mejoraba el comer, me fue gustando más, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños[8], con los que nos calentábamos.

De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre llegó a darme un negrito muy bonito, que saltaba en mi regazo y al que yo ayudaba a arropar. Y me acuerdo de que estando el negro de mi padrastro jugueteando con el chiquillo, como el niño veía a mi madre y a mi blancos y a él no, huía de él, con miedo, hacia mi madre, y, señalando con el dedo, decía:

–¡Madre, coco[9]! Respondió él riendo: –¡Hideputa[10]!

Yo, aunque muy joven, noté aquella palabra de mi hermanico y dije para mí mismo: “¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!”.

Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos del mayordomo[11], y, hecha la pesquisa[12], se vio que hurtaba la mitad de la cebada que le daban para las bestias, y salvados, leña, almohazas[13], mandiles[14], y las mantas y sábanas de los caballos las daba por perdidas; y cuando no tenía otra cosa, quitaba los hierros de las bestias, y con todo esto acudía a mi madre para criar a mi hermanico. No nos maravillemos de un clérigo ni de un fraile, porque el uno hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de otro tanto, cuando a un pobre esclavo el amor le animaba a esto.

Y se probó cuanto digo y aun más, porque a mí con amenazas me preguntaban, y, como niño, respondía y descubría cuanto sabía, con miedo: hasta ciertas herraduras que por orden de mi madre vendí a un herrero. Azotaron y atormentaron al triste de mi padrastro, y a mi madre, además de los cien azotes acostumbrados, le prohibieron por justicia que entrase en casa del sobredicho comendador y que acogiese al agraviado[15] Zaide en la suya.

Por no echar a perder más cosas, la triste se esforzó y cumplió la sentencia. Y, por evitar peligro y apartarse de las malas lenguas, se fue a servir a los que entonces vivían en el mesón de la Solana; y allí, padeciendo mil contrariedades[16], se acabó de criar mi hermanico hasta que supo andar, y yo iba por vino y candelas[17] y por lo que me mandaban para los huéspedes hasta que me hice buen mozuelo.

El toro de piedra

Entonces vino a parar al mesón un ciego, el cual, como le pareció que yo serviría para guiarlo, me pidió a mi madre, y ella me puso en sus manos, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la batalla de los Gelves, y que ella confiaba en Dios que no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él respondió que así lo haría y que me recibía, no por mozo, sino por hijo. Y así, comencé a servirlo y a guiar a mi nuevo y viejo amo.

Como estuvimos en Salamanca algunos días, y como a mi amo le pareció que no ganaba suficiente, determinó irse de allí; y cuando íbamos a partir, yo fui a ver a mi madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo:

–Hijo, ya sé que no te veré más. Procura ser bueno, y Dios te guíe. Te he criado y te he puesto con buen amo; válete por ti mismo.

Y así me fui hacia mi amo, que me estaba esperando. Salimos de Salamanca, y, al llegar al puente, hay a su entrada un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego me mandó que me acercase al animal, y allí, me dijo:

–Lázaro, acerca el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.

Yo, simplemente, me acerqué, creyendo que sería así. Y como sintió que tenía la cabeza pegada a la piedra, afirmó recio[18] la mano y me dio un gran cabezazo en el diablo del toro, que me duró más de tres días el dolor de la cornada[19], y me dijo:

–Necio[20], aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.

Y rió mucho la burla.

Me pareció que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, estaba dormido. Dije para mí mismo: “Este dice la verdad, que me conviene avivar el ojo[21] y formarme, pues estoy solo, y pensar en cómo me sepa valer por mí mismo”.

El nabo y la longaniza

Estábamos en Escalona, villa del duque de Escalona, y me dio un pedazo de longaniza para que la asase. Ya que había sacado el jugo de la longaniza al fuego y se había comido su salsa, sacó un maravedí[22] de la bolsa, y mandó que fuese por vino a la taberna. El demonio me puso la ocasión delante de los ojos, que, como suelen decir, hace al ladrón, y fue que había junto al fuego un nabo pequeño, largo y ruinoso[23], y como no fue para la olla, lo habrían echado allí. Y como en ese momento no había nadie, sino él y yo solos, como me vi con apetito goloso, habiéndoseme puesto dentro el sabroso olor de la longaniza, del que solamente sabía que habría de disfrutar, sin ver qué me podría suceder, pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en tanto que el ciego sacaba de la bolsa el dinero, saqué la longaniza y muy rápido metí el dicho nabo en el asador, el cual, mi amo, dándome el dinero para el vino, tomó y comenzó a dar vueltas al fuego, queriendo asar la longaniza que había escapado.

Yo fui por el vino, con el cual no tardé en acabar la longaniza y, cuando vine, hallé[24] al pecador del ciego que tenía entre dos rebanadas apretado el nabo, al que aún no había conocido por no haberlo tentado con la mano. Como tomaba las rebanadas y las mordía pensando también llevar parte de la longaniza hallóse de repente con el frío nabo. Se alteró[25] y dijo:

–¿Qué es esto, Lazarillo?

–¡Lacerado[26] de mí! –dije yo–. ¿Si queréis echarme la culpa? ¿No acabo yo de traer el vino? Alguno estaba ahí y haría esto por burla.

–No, no –dijo él–, que yo no he dejado el asador de la mano; no es posible.

Yo volví a jurar y perjurar que estaba libre de aquel cambio; pero de poco me sirvió, pues a las astucias del maldito ciego nada se le escondía. Se levantó y me agarró por la cabeza y se acercó a olerme. Y como debió sentir el aliento, como buen podenco[27], por mejor satisfacerse de la verdad, y con la gran agonía que llevaba, agarrándome con las manos, me abría la boca más de lo normal y sin cuidado metía la nariz. La cual él tenía larga y afilada, y en aquella ocasión, con el enojo[28], se había aumentado un palmo[29]; con el pico de la cual me llegó a la garganta. Y con esto, y con el gran miedo que tenía, y con la brevedad del tiempo, la negra longaniza aún no se había asentado en el estómago; y lo más importante: con el sobresalto de la enorme nariz, casi medio ahogándome, todas estas cosas se juntaron e hicieron que el hecho y el manjar se manifestasen y lo suyo volviese a su dueño. De manera que, antes que el mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración sintió mi estómago, que le dio con el hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra mal masticada longaniza salieron al mismo tiempo de mi boca.

¡Oh gran Dios, quién estuviera en aquel momento sepultado, que muerto ya lo estaba! Fue tal el coraje[30] del perverso ciego, que, si al ruido no acudieran, pienso que no me dejaría con vida. Me sacaron de entre sus manos, dejándoselas llenas de los pocos cabellos que tenía, arañada la cara y rasguñado el pescuezo[31] y la garganta. Y eso bien lo merecía, pues por su maldad me venían tantas persecuciones.

El poste de piedra

Visto esto y las malas burlas que el ciego hacía de mí, decidí dejarlo completamente, y, como lo traía pensado y lo tenía en voluntad, con este último juego que me hizo me afirmé más. Y fue así como luego otro día salimos por la villa a pedir limosna, y había llovido mucho la noche antes; y como de día también llovía, y andaba rezando debajo de unos soportales que había en aquel pueblo, donde no nos mojábamos, mas como se acercaba la noche y no cesaba de llover, me dijo el ciego:

–Lázaro, esta agua es muy porfiada[32], y cuanto la noche más se cierra, más recia. Acojámonos a la posada con tiempo.

Para ir allá habíamos de pasar un arroyo, que iba grande con mucha agua. Yo le dije:

–Tío, el arroyo va muy ancho; mas si queréis, yo veo por donde atravesemos más pronto sin mojarnos, porque se estrecha allí mucho y, saltando, pasaremos sin mojarnos los pies.

Le pareció un buen consejo y dijo:

–Eres discreto, por eso te quiero bien; llévame a ese lugar donde el arroyo se angosta, que ahora es invierno y sabe mal el agua, y más llevar los pies mojados.

Yo que vi el asunto a mi deseo, le saqué de bajo de los soportales y lo llevé derecho hacia un pilar o poste de piedra que había en la plaza, sobre el cual y sobre otros caía el agua de los salientes de aquellas casas, y le digo:

–Oiga, éste es el paso más angosto que hay en el arroyo.

Como llovía recio y él, triste, se mojaba, y con la prisa que llevábamos de salir del agua, que caía encima de nosotros, y, lo más importante, porque Dios le cegó en aquel momento el entendimiento (fue para vengarme de él), me creyó, y dijo:

–Ponme bien derecho y salta tú el arroyo.

Yo le puse bien derecho enfrente del pilar, y doy un salto y me pongo detrás del poste, como quien espera tras el burladero[33], y le dije:

–¡Venga, saltad todo lo que podáis, para que lleguéis a este lado del agua!

Aun apenas lo había acabado de decir, cuando se abalanza el pobre ciego como cabrón y arremete[34] con toda su fuerza, tomando un paso atrás la carrera para dar un mayor salto, y da con la cabeza en el poste, que sonó tan recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para atrás medio muerto y con la cabeza hendida.

–¿Cómo, y olisteis la longaniza y no el poste? ¡Oled! ¡Oled! –le dije yo.

Y le dejé en poder de mucha gente que lo había ido a socorrer, y tomé la puerta de la villa para irme rápidamente y sin esperar, y, antes de que viniese la noche, llegué a Torrijos. No supe más qué hizo Dios de él ni procuré saberlo.

Tratado tercero.

La cena de Lázaro y el escudero.

Me senté a un extremo del poyo[35] y, para que no me tuviese por glotón, callé la merienda. Y comienzo a cenar y morder en mis tripas y pan, y, disimuladamente, miraba al desventurado[36] señor mío, que no apartaba sus ojos de mis faldas, que entonces servían de plato. Tanta lástima tenga Dios de mí, como yo tenía de él, porque sentí lo que sentía, y había pasado por ello muchas veces y lo pasaba cada día. Pensaba si estaría bien el hecho de invitarlo; mas, por haberme dicho que había comido, me temía que no aceptaría el convite[37]. Finalmente yo deseaba que el pecador me ayudase a comérmelo, y desayunase como el día antes hizo, pues había mejor sustento, por ser mejor la comida y menos mi hambre.

Quiso Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo; porque como comencé a comer y él se andaba paseando, se acercó a mí y me dijo:

–Te digo, Lázaro, que en la forma de comer tienes la mejor gracia que en mi vida vi a hombre, y que a todo el que te vea le entrarán las ganas, aunque no las tenga.

«Las muchas ganas que tú tienes –dije yo entre mí– hacen que mi forma de comer parezca hermosa».

Con todo, me pareció ayudarle, pues se ayudaba y me abría camino para ello, y le dije:

–Señor, con lo bueno todos somos artistas. Este pan está sabrosísimo, y esta pezuña de vaca tan bien cocida y sazonada[38] que no habrá a quien no convide con su sabor.

–¿Es pezuña de vaca?

–Sí, señor.

–Te digo que es el mejor bocado del mundo, y que no hay faisán que así me sepa.

–Pues pruebe, señor, y verá qué tal está.

Le pongo en las uñas la otra, y tres o cuatro raciones de pan de lo más blanco. Y se sentó al lado y comienza a comer como el que tenía ganas, royendo[39] cada huesecillo de aquéllos mejor de lo que lo haría un galgo suyo.

–Con almodrote[40] –decía– es éste singular manjar.

«¡Con mejor salsa lo comes tú!» –respondí yo.

–Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hubiera comido bocado.

«¡Así se acaben mis desventuras si es eso cierto!» –dije yo entre mí.

Me pidió la jarra de agua y se la di como la había traído. Así fue como, pues no le faltaba el agua, no le había sobrado a mi amo la comida. Bebimos, y nos fuimos a dormir muy contentos, como la noche pasada.

Y por evitar alargar la historia, de esta manera estuvimos ocho o diez días, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso contado a papar[41] aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro de quien poder aprovecharse.

Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que, escapando de los amos ruines[42] que había tenido y buscando mejoría, viniese a topar con quien no sólo no me mantuviese, mas a quien yo había de mantener. Con todo, le quería bien, al ver que no tenía ni podía más, y antes le tenía lástima que enemistad. (…)

Tratado quinto.

El buldero[43] y el alguacil[44].

En un lugar de la Sagra de Toledo había predicado[45] dos o tres días, haciendo sus acostumbradas diligencias, y no le habían tomado bula ni, a mi ver, tenían intención de tomársela. Estaba dado al diablo con aquello y, pensando qué hacer, se acordó de convidar al pueblo para otro día de mañana despedir la bula.

Y esa noche, después de cenar, se apostaron la colación[46] él y el alguacil. Y en el juego acabaron por reñir y por tener malas palabras. Él llamó al alguacil ladrón y el otro a él falsario[47]. Sobre esto, el señor comisario[48], mi señor, tomó una lanza corta que había en el portal en el que jugaban. El alguacil puso mano a su espada, que llevaba en la cinta. Al ruido y voces que todos dimos, acuden los huéspedes y vecinos, y se meten en medio. Y ellos, muy enojados, procurándose desembarazar de los que estaban en medio, para matarse. Mas, como la gente aumentaba el gran ruido, y la casa estaba llena de gente, viendo que no podían enfrentarse con las armas, se decían palabras injuriosas, entre las cuales el alguacil dijo a mi amo que era falsario y que las bulas que predicaba eran falsas.

Finalmente, que los del pueblo, viendo que no eran suficientes para ponerlos en paz, acordaron llevar al alguacil de la posada a otra parte. Y así quedó mi amo muy enojado. Y, después de que los huéspedes y vecinos le hubiesen rogado que olvidase el enfado y se fuese a dormir, se fue y así nos echamos todos.

Al venir la mañana, mi amo se fue a la iglesia y mandó tañer[49] a misa y al sermón para despedir la bula. Y el pueblo se juntó, el cual andaba murmurando de las bulas, diciendo cómo eran falsas y que el mismo alguacil, riñendo, lo había descubierto. De manera que, además de que no tenían ganas de tomarla, con aquello la aborrecieron del todo.

El señor comisario se subió al púlpito, y comienza su sermón y a animar a la gente para que no quedasen sin tanto bien e indulgencia[50] como la santa bula traía.

Estando en lo mejor del sermón, entra por la puerta de la iglesia el alguacil y, en cuanto rezó, se levantó y, con voz alta y pausada, cuerdamente comenzó a decir:

–Buenos hombres, oídme una palabra, que después oiréis a quien queráis. Yo vine aquí con este echacuervo[51] que os predica, el cual me engañó, y me dijo que le ayudase en este negocio, y que repartiríamos la ganancia. Y ahora, visto el daño que haría a mi conciencia y a vuestras haciendas[52], arrepentido de lo hecho, os declaro claramente que las bulas que predica son falsas, y que no le creáis ni las toméis y que yo, ni directa ni indirectamente, no tengo parte en ellas, y que desde ahora dejo la vara[53] y doy con ella en el suelo. Y, si en algún momento él fuese castigado por la falsedad, que vosotros seáis testigos de cómo yo no estoy con él ni le ayudo; antes os desengaño y declaro su maldad.

Y acabó su razonamiento. Algunos hombres honrados que allí estaban se quisieron levantar y echar al alguacil fuera de la iglesia, por evitar escándalo; mas mi amo les fue a la mano y mandó a todos que, bajo pena de excomunión[54], no le estorbasen; mas que le dejasen decir todo lo que quisiese. Y así, él también guardó silencio mientras el alguacil dijo todo lo que he dicho. Como calló, mi amo le preguntó que si quería decir más, lo dijese. El alguacil dijo:

–Hay mucho más que decir de vos y de vuestra falsedad; mas por ahora basta.

El señor comisario se hincó de rodillas en el púlpito y, juntando las manos y mirando al cielo, dijo así:

–Señor Dios, a quien nada se le esconde, antes todo manifiestas, y a quien nada es imposible, antes todo posible: tú sabes la verdad y cómo injustamente se me ofende. En lo que a mí toca, yo le perdono, con tal de que Tú, Señor, me perdones. No mires a aquél, que no sabe lo que hace ni dice; sino la injuria[55] a ti hecha te suplico, y por justicia te pido no disimules. Porque alguno que está aquí, que por ventura pensó tomar aquesta santa bula, y dando crédito a las falsas palabras de aquel hombre, lo dejará de hacer. Y pues es tanto perjuicio del prójimo, te suplico yo, Señor, no lo ocultes; mas luego muestra aquí milagro, y sea de esta manera: que, si es verdad lo que aquél dice y que yo traigo maldad y falsedad, este púlpito se hunda conmigo y meta siete estados debajo de tierra, donde ni él ni yo jamás aparezcamos; y, si es verdad lo que yo digo y aquél, persuadido por el demonio, por quitar y privar a los que están presentes de tan gran bien, dice maldad, también sea castigado y de todos conocida su malicia.

Apenas había acabado su oración el devoto[56] señor mío, cuando el negro alguacil cae de su estado y da tan gran golpe en el suelo que hizo resonar toda la iglesia, y comenzó a bramar y a echar espumarajos por la boca y a torcerla, y a hacer visajes[57] con la cara, dando de pie y de mano, revolviéndose por el suelo por una parte y por otra.

El estruendo y voces de la gente era tan grande, que no se oían unos a otros. Algunos estaban espantados y temerosos. Unos decían: «El Señor le socorra y valga». Otros: «Bien se le emplea, pues levantaba tan falso testimonio». Finalmente, algunos que estaban allí, y a mi parecer no sin mucho temor, se llegaron y lo trabaron[58] de los brazos, con los cuales daba fuertes puñetazos a los que estaban cerca de él. Otros le tiraban por las piernas y lo sujetaban reciamente, porque no había mula falsa en el mundo que tan recias coces tirase. Y así lo tuvieron un gran rato. Porque más de quince hombres estaban sobre él y a todos les daba ampliamente y, si se descuidaban, en los hocicos.

A todo esto el señor mi amo estaba en el púlpito de rodillas, las manos y los ojos puestos en el cielo, transportado en la divina esencia, que el planto[59] y ruido y voces, que en la iglesia había, no podían apartarlo de su divina contemplación.

Aquellos buenos hombres llegaron a él y, dando voces le despertaron y le suplicaron quisiese socorrer a aquel pobre que estaba muriendo y que no mirase a las cosas pasadas ni a sus dichos malos, pues ya tenía la recompensa de ellos; mas, si en algo podría aprovechar para librarlo del peligro y pasión que padecía, por amor de Dios lo hiciese, pues ellos veían clara la culpa del culpado y su verdad y bondad, pues el Señor no alargó el castigo a su petición y venganza.

El señor comisario, como quien despierta de un dulce sueño, los miró y miró al delincuente y a todos los que estaban alrededor, y muy pausadamente les dijo:

–Buenos hombres, vosotros nunca rogaríais por un hombre en quien Dios tan claramente se ha mostrado; mas, pues Él nos manda que no volvamos mal por mal y perdonemos las injurias, podremos suplicarle con confianza que cumpla lo que nos manda, y Su Majestad perdone a éste que le ofendió poniendo obstáculo en su santa fe. Vamos todos a suplicarle.

Y así, bajó del púlpito y encomendó[60] a que muy devotamente suplicasen a nuestro Señor tuviese por bien perdonar a aquel pecador y devolverle su salud y sano juicio y alejar de él el demonio, si Su Majestad había permitido que entrase en él por su gran pecado.

Todos se hincaron de rodillas y delante del altar, con los clérigos, comenzaban a cantar con voz baja una letanía[61]; y viniendo él con la cruz y agua bendita, después de haber cantado sobre él, el señor mi amo, juntando las manos al cielo y con los ojos casi en blanco, comienza una

oración no menos larga que devota, con la cual hizo llorar a toda la gente, como suelen hacer en los sermones de Pasión, de predicador y auditorio devoto, suplicando a Nuestro Señor, pues no quería la muerte del pecador, sino su vida y arrepentimiento, que aquél, encaminado por el demonio y persuadido de la muerte y pecado, le quisiese perdonar y dar vida y salud, para que se arrepintiese y confesase sus pecados.

Y esto hecho, mandó traer la bula y púsosela en la cabeza. Y luego el pecador del alguacil comenzó poco a poco a estar mejor y a volver en sí. Y en cuanto volvió a su sano juicio, se echó a los pies del señor comisario y, pidiéndole perdón, confesó haber dicho aquello por la boca y orden del demonio; lo uno, por hacerle daño y vengarse del enojo; lo otro, y más importante, porque el demonio se entristecería del bien que allí se haría si se tomase la bula.

El señor mi amo le perdonó, e hicieron las paces entre ellos. Y todo el mundo tuvo tanta prisa en tomar la bula, que casi ninguna alma viva en el lugar se quedó sin ella: marido y mujer, y hijos y hijas, mozos y mozas.

Se divulgó la nueva de lo acaecido[62] por los lugares cercanos y, cuando llegábamos a ellos, no era menester[63] sermón ni ir a la iglesia, que a la posada la venían a tomar, como si fueran peras que se dieran de balde[64]. De manera que, en diez o doce lugares de aquellos alrededores donde fuimos, echó el señor mi amo otras tantas mil bulas sin predicar sermón.

Cuando él hizo aquel teatro, confieso mi pecado, que yo también me espanté, y creí que así era, como otros muchos; mas con ver después la risa y burla que mi amo y el alguacil llevaban y hacían del negocio, me di cuenta de cómo se las había ingeniado el hábil e inventivo de mi amo.

Tratado séptimo

Oficio real y boda

En este oficio real vivo a día de hoy y resido a servicio de Dios y de Vuestra Merced. Y es que tengo que pregonar[65] los vinos que se venden en esta ciudad, y en almonedas[66] y cosas perdidas, acompañar los que padecen persecuciones por justicia y declarar a voces sus delitos: pregonero, hablando en buen romance.

Todo me ha sucedido tan bien, y yo le he usado tan fácilmente, que casi todas las cosas relativas al oficio pasan por mi mano, tanto que, en toda la ciudad, el que ha de echar vino a vender, o algo, si Lázaro de Tormes no entiende de ello, calculan que no sacarán provecho.

En este tiempo, viendo mi habilidad y buen vivir, teniendo noticia de mi persona el señor arcipreste de San Salvador, mi señor, y servidor y amigo de Vuestra Merced, porque le pregonaba sus vinos, procuró casarme con una criada suya. Y visto por mí que de tal persona no podía venir sino bien y favor, acordé hacerlo.

Y así, me casé con ella, y hasta ahora no estoy arrepentido, porque, además de ser buena hija y diligente sirvienta, tengo en mi señor arcipreste todo favor y ayuda. Y siempre en el año le da, en varias veces, casi cuatro fanegas de trigo; por las Pascuas, su carne; y en el tiempo de la ofrenda del par de bodigos[67], las calzas viejas que deja. Y nos hizo alquilar una casilla al lado de la suya; los domingos y casi todas las fiestas comíamos en su casa.

Mas malas lenguas, que nunca faltaron ni faltarán, no nos dejan vivir, diciendo no sé qué y sí sé qué, que ven a mi mujer irle a hacer la cama y guisarle de comer. Y mejor les ayude Dios, que ellos dicen la verdad. Porque además de no ser ella mujer que aprecie estas burlas, mi señor me ha prometido lo que pienso cumplirá; que él me habló un día mucho tiempo delante de ella y me dijo:

–Lázaro de Tormes, quien ha de mirar a dichos de malas lenguas nunca medrará. Digo esto, porque no me sorprendería que alguien viese entrar en mi casa a tu mujer y salir de ella. Ella entra muy a tu honra y suya. Y esto te lo prometo. Por tanto, no mires a lo que pueden decir, sino a lo que te toca, digo, a tu provecho.

–Señor –le dije–, yo determiné arrimarme[68] a los buenos. Es verdad que algunos de mis amigos me han dicho algo de eso, y aun por más de tres veces me han garantizado que, antes de casarse conmigo, había parido tres veces, hablando con reverencia[69] de Vuestra Merced, porque está delante.

Entonces mi mujer echó juramentos sobre sí, que yo pensé que la casa se hundiría con nosotros. Y después se puso a llorar y a echar maldiciones sobre quien la había casado conmigo, de tal manera que quisiera estar muerto antes de que se me hubiera escapado aquella palabra de la boca. Mas yo por un lado y mi señor por el otro, tanto le dijimos y le dimos la razón que cesó su llanto, con juramento que le hice de que nunca más en mi vida le mencionaría nada de aquello, y que yo me alegraba y me parecía bien que ella entrase y saliese de noche y de día, pues estaba bien seguro de su bondad. Y así quedamos los tres bien conformes.

Hasta el día de hoy nunca nadie nos oyó sobre el caso; antes bien, cuando siento que alguno quiere decir algo de ella, le corto la palabra y le digo:

–Mirad, si sois mi amigo, no me digáis nada que lamente, que no tengo por mi amigo al que me causa dolor, mayormente si me quieren poner a mal con mi mujer, que es la cosa del mundo que yo más quiero, y la amo más que a mí, y me hace Dios con ella mil mercedes[70] y más bien del que yo merezco. Que yo juraré sobre la hostia consagrada que es tan buena mujer como cualquier otra que viva dentro de las puertas de Toledo. Quien otra cosa me dijese, yo me mataré con él.

De esta manera no me dicen nada, y yo tengo paz en mi casa.

[1] Nombre con que se distingue a alguien.

[2] Molino cuya rueda es movida por una corriente de agua.

[3] Culparon.

[4] Hombre que cuida o conduce las mulas o bestias de carga.

[5] Caballero de una orden militar al que le correspondía una “encomienda”, que tenía tierras y rentas eclesiásticas.

[6] Lugares cubiertos para los caballos o bestias de carga.

[7] Un hombre negro.

[8] Trozos de árboles.

[9] Fantasma con que se asusta a los niños.

[10] Hijo de puta.

[11] Administrador del comendador.

[12] Investigación.

[13] Instrumentos con una parte de hierro que sirven para limpiar los caballos.

[14] Paños con que limpian los caballos.

[15] Ofendido en su honra.

[16] Penas y problemas.

[17] Velas

[18] Con fuerza.

[19] Golpe dado con el cuerno.

[20] Ignorante.

[21] Espabilarme.

[22] Moneda de la época.

[23] Mal conservado ya.

[24] Me encontré.

[25] Se enfadó.

[26] Infeliz.

[27] Perro de caza.

[28] Enfado.

[29] Distancia entre el meñique y el pulgar extendidos.

[30] Enfado.

[31] Sinónimo popular de cuello.

[32] No para.

[33] Valla con la que se protegen del toro en las corridas.

[34] Se precipita con ímpetu

[35] Banco de piedra pegado a la pared.

[36] Se refiere al escudero.

[37] La invitación.

[38] Condimentada.

[39] Mordisqueando.

[40] Salsa de aceite, ajo…

[41] Comer sin masticar.

[42] Despreciables.

[43] Vendedor de bulas (documento pontificio que proporciona privilegios en materia de fe o administrativos).

[44] Oficial de justicia.

[45] Pronunciado un sermón.

[46] Comida.

[47] Mentiroso.

[48] Persona con poder para llevar a cabo órdenes.

[49] Tocar.

[50] Perdón.

[51] Vendedor de bulas falsas.

[52] Riquezas.

[53] La vara es el símbolo del mando.

[54] Acción de apartar a alguien de la Iglesia.

[55] Ofensa, pecado.

[56] Muy creyente.

[57] Muecas.

[58] Agarraron.

[59] Llanto con gemidos.

[60] Pidió.

[61] Oración.

[62] Sucedido.

[63] Necesario.

[64] Gratuitamente.

[65] Anunciar en voz alta.

[66] Mercados donde se vende a bajo precio.

[67] Panes que se llevan a la iglesia como ofrenda.

[68] Juntarme.

[69] Respeto.

[70] Favores.

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